Fragmentos de crónicas

Títulos interesantes

La mujer más valiente de México tiene miedo

Sinatra está resfriado

El peor de Fórmula Uno

El buitre no lo devoró

Los suicidas del fin del mundo

Gabriel García Márquez va al dentista

Comienzos

“Esta aldea es tan pequeña como el cementerio de Kentucky, pero muchísimo más aburrida”. (Hemingway describiendo un pueblo de África).

“Batistuta es como una fiera que se la pasa enjaulada a pan y agua, de lunes a sábado. El domingo lo sueltan en el área”.
(Oswaldo Soriano, en perfil del futbolista Gabriel Batistuta).

“Lo único que siempre dejo para mañana, es mi propia muerte”. (Gonzalo Arango en la crónica que escribió sobre el rumor infundado de que se había suicidado).

“Mauricio Álvarez, más conocido como La Madison, saca del maletín un espejo pequeño. Luego, mientras se peina el escaso cabello tinturado de rubio, cuenta que descubrió su homosexualidad a los siete años, leyendo un cómic de Supermán.

—Apenas vi a Clark Kent, me volví loco —dice, ahogándose de la risa.”
(Albeto Salcedo Ramos en El fútbol también es once travestis corriendo detrás de una pelota. )

“Desde que volví de Ciudad del Este tengo una pesadilla que me persigue: regreso a Ciudad del Este”. (Alberto Fuguet en un crónica de viajes).

“Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo.” (Gabriela Wiener en Dame el tuyo, toma el mío. )

(De cómo describir personas/personajes)
El amigo americano. Tom Wolfe

Hunter S. Thompson era uno de esos pocos escritores que resultan ser lo que parecen. Stephen King, por ejemplo: sus cejas a lo Locos Addams en las fotos de solapa combinadas con los horrores delirantes de sus historias siempre me hicieron pensar en Drácula. Cuando finalmente lo conocí, King estaba en Miami tocando, junto a Amy Tan, en una banda de jook-house llamada Los Remainders. Era un verdadero rayo de sol, pura risa, la imagen misma de la diversión inocente, un Conde Drácula que en la vida real era Peter Pan.

Pero el caso de Hunter Thompson era distinto: el gonzo –término acuñado por el propio Hunter– que se leía en las páginas de Miedo y asco en las Vegas, era el mismo que uno después conocía en persona. Uno no almorzaba ni cenaba con Hunter Thompson. Con él, uno asistía a un evento a la hora de comer.

Invité a Hunter a almorzar cuando estuvo en Nueva York. Fue un brillante día de primavera de 1969. Resultó ser uno de esos tipos jóvenes, larguiruchos, altos y huesudos, de ojos alarmantemente iluminados, de esos que, según mi experiencia, son más propensos a las explosiones maníacas que cualquier otro tipo de ser humano. Hunter no conversaba con uno sino que hablaba mediante salvas explosivas de palabras sobre un tema determinado.

(…)

Ibamos caminando por la calle 46 Oeste hacia un restaurante, The Brazilian Coffee House, cuando pasamos por un local de náutica. Hunter se detuvo, se zambulló en el local y emergió con una pequeña bolsa de papel madera. Un sexto sentido, probablemente activado por los ojos alarmantes y la elevación y caída de tres centímetros de la nuez en su garganta, me dijo que no preguntara qué había en su interior. En el restaurante lo dejó sobre la mesa mientras comíamos. Finalmente, el tonto que llevo dentro no pudo con la curiosidad y preguntó: “¿Qué hay en la bolsa, Hunter?”

“Tengo algo que podría vaciar este restaurante en 20 segundos”, dijo Hunter. Comenzó a abrir la bolsa. Sus ojos se habían iluminado a 300 watts. “No, no importa”, le dije. “¡Te creo! ¡Mostramelo más tarde!”. De la bolsa sacó algo que parecía un pequeño frasco de espuma de afeitar para viajes, sin tapa, y lo presionó. Entonces sobrevino el sonido más penetrante que había escuchado jamás. No despejó el Brazilian Coffee House. Lo congeló. El lugar quedó tan en silencio que se escuchaba el tic tac del reloj antiguo de la cocina. Los trozos de carne en los tenedores habían quedado suspendidos en el aire. Un mozo que preparaba un cocktailquedó petrificado, sosteniendo la coctelera con ambas manos apenas debajo del mentón. Hunter deslizaba la pequeña lata hacia el interior de la bolsa de papel. Era el aparato de señales de alarma de la Marina, audible a 30 kilómetros en el agua.

(De cómo describir ciudades)
Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas. Gay Talese
Nueva York es una ciudad de cosas inadvertidas. Es una ciudad de gatos que dormitan debajo de los coches aparcados, de dos armadillos de piedra que trepan la catedral de San Patricio y de millares de hormigas que reptan por la azotea del Empire State. Las hormigas probablemente fueron llevadas hasta allí por el viento o las aves, pero nadie está seguro; nadie en Nueva York sabe más sobre esas hormigas que sobre el mendigo que toma taxis para ir hasta el barrio del Bowery, o el atildado caballero que hurga en los cubos de la basura dela Sexta Avenida, o la médium de los alrededores de la calle 70 Oeste que afirma: “Soy clarividente, clariaudiente y clarisensual”.
Nueva York es una ciudad para los excéntricos y una fuente de datos curiosos. Los neoyorquinos parpadean veintiocho veces por minuto, pero cuarenta si están tensos. La mayoría de quienes comen palomitas de maíz en el Yankee Stadium deja de masticar por un instante antes del lanzamiento. Los mascadores de chicle en las escaleras mecánicas de Macy’s dejan de mascar por un instante antes de apearse: se concentran en el último peldaño. Monedas, clips, bolígrafos y carteritas de niña son encontrados por los trabajadores que limpian el estanque de los leones marinos en el zoológico del Bronx.

Los neoyorquinos se tragan cada día 460.000 galones de cerveza, devoran 3.500.000 libras de carne y se pasan por los dientes 34 kilómetros de seda dental. Todos los días mueren en Nueva York unas 250 personas, nacen 460 y 150.000 deambulan por la ciudad con ojos de vidrio o plástico.

(De cómo meter pensamientos del cronista)
Kishinau . Martín Caparrós

Esta mañana, con el sol, aparecieron los soldados. El lobby y la vereda del hotel están repletos de soldados que caminan como si el suelo fuera su enemigo, vibrantes, camuflados -es decir: vestidos para que se vea que son soldados dispuestos a todo. Seguramente alguna vez el camuflaje sirvió de camuflaje —seguramente sirve, todavía, alguna vez- pero, ahora, casi siempre, el camuflaje es una forma de decir soy un duro un verdadero hijo de puta uno capaz de mimetizarse con el mundo de confundirse con el mundo para distinguirme de él en el momento de ser lo más distinto que un hombre puede ser. Nada hace a un hombre tan distinto como matar a otro.

Miles de millones morimos sin haber matado. Casi todos pensamos tonterías cogemos imaginamos destinos diferentes nos desilusionamos resignamos traicionamos al amado la amada ganamos al perder perdemos al ganar perdemos; muy pocos han matado. Camuflarse es decir mato, yo soy de los que matan: decir soy uno de los muy muy pocos. Camuflarse es distinguirse en lo más raro.

Sentadas en el banco de una plaza, violetas por el frío, dos nenas de seis practican mimos de telenovela; más allá, en otro banco, un señor de cuarenta las mira con labios apretados.

Es un trabajo extraño. Consiste en pensar y preparar durante semanas algún tema, viajar uno o dos días desde la otra -punta del mundo, encontrarse con quienes me van a permitir el acceso a esa persona, organizado, leer sobre el asunto, preparar preguntas, dormir en hoteles donde hablan en idiomas, mirar televisiones imposibles, comer polentas que no son polentas, frutas guarangas, quesos excesivos y, de pronto, en una hora tres cuartos, dos horas, cuatro horas, jugarse todo en la entrevista. Todo puede estar bien, tan minuciosamente preparado y prologado, pero si la entrevista prevista no resulta, todo vale nada.

Entonces se puede buscar otra, pero también va a seguir ese modelo: días y días para unos minutos donde todo sucede o no sucede. Lo raro, pienso después, es que tantas cosas siguen ese modelo. No creo que valga la pena hablar de sexo -un suponer- o de cocina.

(De cómo narrar una escena)
La cuna se mueve sola. Guillermo Osorno

Había sido una asamblea larguísima. Estuvo a punto de naufragar varias veces. Carlos Brito, que volvió a moderar la mesa, me contó días después que existía el temor de que les arrebataran el movimiento. “Me dijeron: va a haber muchos grupos políticos que van a querer agarrar esto. El movimiento se va a convertir en un barco político que va tomar el que más aguante en la asamblea”.

Lo único que comió Brito durante esas doce horas fueron unas galletas Lors y un Nestea. Hacía calor. No había aire acondicionado. “Llegó un momento que, de plano, como a la hora siete, ocho, yo ya no tenía ni idea de qué estaban hablando. Escuchaba el sintagma de lo que decían, sin el paradigma”, dijo Brito usando una metáfora de lingüística estructuralista.

En medio de esto, sucedió un asunto curioso: una organización denominada convenientemente #YoSoyQuetzalcóatl había penetrado al auditorio y presionaba por dar un comunicado que no estaba en absoluto relacionado con los candentes temas de la asamblea, sino con el paso de Venus frente al Sol. Brito le había dado la palabra a otras organizaciones sociales, como las mujeres de Atenco, pero aquello parecía rebasar el límite de lo razonable. Con todo, la asamblea era un caos. #YoSoyQuetzalcóatl se fue acercando al micrófono hasta que su discurso resultó irremediable.

“Está a punto de romperse la sesión —dijo Brito—. Los de Quetzalcóatl se bajan, bajan, bajan por el auditorio, se ponen atrás de mí y me dicen: ‘Déjame tocar el caracol, déjame’, y yo dije: ‘Va, tócalo’ y fue extraordinario”.
Aquellos hombres vestidos de blanco, que llevaban unos collares de concha, anunciaron la importancia del regreso de Quetzalcóatl en 2012 y pidieron a la asamblea que alinearan la columna vertebral.

“Casi todos estaban rojos de coraje, sudorosos, enojados, y de repente les dicen eso, y ves cómo todos se acomodan en el asiento. Solamente los de la mesa podemos ver cómo todos alzan las manos, alinean la columna. Los otros comienzan a tocar el caracol, y la asamblea se calmó”, dijo Brito.
Después de eso, se pudo votar la forma de organización de #YoSoy132.”

(De cómo hacer necesidad virtud. Por ejemplo, contar el silencio del entrevistado)
El cineasta silencioso. Julio Villanueva Chang

Lo acusaban de arriesgar la vida de sus actores. En Fitzcarraldo, Herzog hizo que una tribu de indígenas desafiaran al Amazonas y subieran un barco por una montaña. No fue hipnotismo: la paga fue doble. Era un abolicionista de los efectos especiales. Pero aquella mañana invernal en Lima, el cineasta huía del diario El Comercio como un espectro en punta de pies, alto y flaco calavera, pálido y sin gafas de sol, pero con un halo de cineasta épico y kamikaze. Herzog era un director con la experiencia de un domador de leones y la ambición de un conquistador de Marte.

Quejándose de que sólo enviaran a ingenieros y amas de casa al espacio, proclamaba en una entrevista su derecho natural a filmar en otro planeta.

Por ahora, parecía irse del periódico feliz de no ser un cineasta popular, de no haber oído susurrar su nombre, de no haber sido señalado ni detenido, hasta que alguien, un periodista que no había visto todas sus películas, le cerró el paso en la puerta del archivo para preguntarle si seguía siendo tan callado.

–No –mintió Herzog–. Pero hasta los diecisiete años nunca hice una llamada telefónica.

También yo le había mentido. Quería en verdad preguntarle por qué a esa edad tramaba hacer un documental sobre la cárcel. Preguntarle si también era suyo el enigma de Kaspar Hauser, un personaje que creció encadenado en un sótano desde su nacimiento. Preguntarle si, como el nombre de una de sus películas, también los enanos empezaron desde pequeños, y si él también había sido un enano. Herzog habla y se lo oye como si fuera una voz en off: estaba frente a mí, pero era como si lo que dijera fuera borrando su presencia y la mía hasta acabar en un monólogo. No es un hombre de monosílabos, pero crea el hermetismo de quien sólo dice lo justo. Quería preguntarle más: si seguía pensando que el ser humano era un eterno penitente. Preguntarle para qué entrevistar al único hombre que no quería evacuar una isla en el momento en que un volcán estaba por estallar frente a él. Pero al final le pregunté: ¿sigue siendo considerado un cineasta maldito, el de la generación de Fassbinder y Wenders, el otro?

–No, yo soy un cineasta bendito –me dijo Herzog con el ademán de irse–. Si no, no hubiera hecho hasta hoy cuarenta películas.

(De cómo extraer tópicos de la ficción)

Retrato de un perdedor. Alberto Salcedo Ramos (Crónica)
A Víctor Regino no le preocupa que esta noche, cuando regrese al ring después de un retiro de trece años, el público le grite anciano o el rival le desencaje la mandíbula: a él sólo le interesan los cien mil pesos de la paga, con los cuales podrá restablecer mañana su pequeño taller de traperos.
Son las cinco de la tarde y nos encontramos en un restaurante del centro de Montería. Regino cena temprano porque quiere evitar sentirse aletargado durante la pelea, que comenzará dentro de tres horas. Por cierto, hoy le ha tocado adelantar el horario de todas sus comidas: desayunó a las cinco de la madrugada y almorzó a las once de la mañana. Mientras retira la remolacha del plato con un gesto de repulsión, advierte que no le gustaría que su hija Yoeris, de quince años, asistiera esta noche al coliseo. Luego sorbe su jugo de toronja, mira de soslayo hacia el televisor. Regino agarra el cuchillo con la mano izquierda y el tenedor, con la derecha. Corta la carne en rodajas toscas, que engulle despacio.

De pronto, saca del bolsillo de su camisa un trozo de papel en el que tiene anotados los elementos que comprará con el dinero del combate: treinta libras de pabilo de algodón, quince yardas de lycra y veinte palos de cedro macho. Su idea es reanudar la producción mañana mismo, antes del mediodía. El resultado de la contienda le tiene sin cuidado, porque él ya decidió que, al final de esta misma noche, volverá a colgar los guantes. A los treinta y siete años —admite, con un gesto de resignación—, sería absurdo que le apostara su futuro al boxeo.

Un buen bistec. Jack London (Relato)

Tom King rebañó el plato con el último trozo de pan para recoger la última partícula de gachas, y masticó aquel bocado final lentamente y con semblante pensativo. Cuando se levantó de la mesa, le embargaba una inconfundible sensación de hambre. Él era el único que había cenado. Los dos niños estaban acostados en la habitación contigua. Los habían llevado a la cama antes que otros días para que el sueño no les dejara pensar en que se habían ido a dormir sin probar bocado.
La esposa de Tom King no había cenado tampoco. Se había sentado frente a él y lo observaba en silencio, con mirada solícita. Era una mujer de clase humilde, flaca y agotada por el trabajo, pero cuyas facciones conservaban restos de una antigua belleza. La vecina del piso de enfrente le había prestado la harina para las gachas. Los dos medio peniques que le quedaban los había invertido en pan.

(De cómo arrancar un texto, meter diálogos y cerrar)
Pollita en fuga. Josefina Licitra

No se le notaba. La última vez que Silvina cayó presa -el 5 de mayo pasado- estaba en la cama con su novio, embarazada y desnuda, pero no se le notaba. La brigada bonaerense la encontró a quince cuadras de la Villa Hidalgo, en el partido de San Martín, en una casa chica de cemento blanqueado, jardín reseco en la entrada y una segunda construcción al fondo. Silvina estaba encerrada en un cuarto con Jorge, uno de sus novios, cogiendo bajo el aire de un ventilador de techo. La brigada entró en el cuarto con modales bonaerenses y la sacó a patadas.

– Rati puto- saludó Silvina. Le pegaban más fuerte y no la dejaban vestirse.

– Rati la conchadetumadre dame la ropa-. La brigada le pateó los riñones, el estómago, las piernas y el culo. Silvina gritó:

– En la panza no. Quiero a mi abogado.

Pocos días más tarde, Clarín tituló: está embarazada, tiene 15 años y se dedica a secuestrar. Estaba embarazada de dos meses. Pero a esta altura -sesenta días después, cuando nos encontramos en algún lugar de la provincia de Buenos Aires- sé que lo perdió.

Porque Silvina, ya van a ver, es uno de esos casos en los que se pierde todo.

-Yo quería un hijo para tener algo -me dirá en un rato con los ojos chicos, inflamados. Ese tipo de hinchazones que provocan los sedantes o el llanto.
(…)

Cuando cobra un trabajo, Silvina se va al shopping.

-Me compro todo.

-¿Y qué se siente con tanta plata?

-Me siento la mejor. Poderosa. Me compraba zapatillas, camperas. Me encantan las zapatillas. Todas. Me gustan las Nike, las que tienen aire. Son carísimas.

-¿Y ahora trabajarías de algo normal?

-Por qué no.

-No vas a poder comprarte zapatillas de 400 mangos.

Silencio.

-Eso me dolió. Me tocó acá. Me muero si no me puedo comprar algo que quiero. La zapatilla y la ropa es lo que más me gusta.

(…)

-¿Y si un día no tenés con qué darle de comer?

-Ahí no sé lo que haría. No me gustaría ir a robar tampoco, porque ahí va a haber un bebé de por medio, y si no está la mamá, no quiero que pase lo mismo que pasé yo, que anduve con los tíos de acá para allá, tratando de hacer las cosas bien. Porque mis tíos me quieren pero yo estoy sola. Me siento sola. Me siento totalmente sola.

Hay segundos donde el mundo se detiene y sólo queda una postal. Está Silvina con los ojos inflamados. En silencio.

Sola.

Prende un Philip Morris y lo calza en la juntura de los dedos. Fuma raro. Fuma con cierto músculo. Como si tuviera a la colilla de rehén.

Le pregunto entonces cómo se va a llamar su hijo.

-Lucifer -responde.

 

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