Los ojos de mi madre no son los míos

– No hay derecho, ¡lo que están haciendo!, ¡no hay derecho!

Es mi madre en su butaca viendo las noticias de Tele5.

En la tele sale un grupo de jóvenes agrediendo a la policía. Sé que esta vez va a ser complicado convencerla que lo que está viendo no es exactamente lo que pasa. Por mucho que yo le diga:

Que porqué no sacan el resto de la manifestación

Que porqué no sale el chaval al que extirparon un testículo por el disparo de una pelota de goma.

Mi madre, que primero votó a Suárez, que ahora le gustaría ver a Rajoy colgado de un pino, que le dijo a un policía que si no le daba vergüenza hacer daño a la gente cuando este hacía una demostración de cómo inmovilizar a un detenido en una visita guiada a una comisaría; mi madre, y tantas como ella, ahora se ponen del lado de los policías porque son los que están siendo agredidos. Y para ella, el 22M ha sido eso. Solo eso.

En cambio, para mí, el 22M ha sido un monstruo extraño.

Cuando la columna sur pasó por Getafe había muchas, muchas banderas. Y estaba Gordillo, y Cañamero, y Willy Toledo. Más de 500 personas durmieron en el polideportivo. Y fuera se celebraba una asamblea interna de seguridad de la que nos alejaron dos sindicalistas aleteando los brazos como si fuéramos ovejas.

Esa noche, un chico hizo un taller antirrepresivo en el que sí nos dejaron participar. La idea estaba clara: Si reprimían, teníamos que sentarnos todos, agarrarnos, y que se notase que era la policía la que ejercía la violencia. Un chaval de negro resopló y soltó: “pero si esto es de otra época, del 15M o así”.

Me hizo sentir tan viejo…

Por lo que me contaron, las marchas no habían sido una balsa de aceite ni mucho menos . Las formas de hacer del SAT no siempre se llevaban bien con las de la CGT, ni con las de la gente que venía más del 15M. En alguna columna no había ni asambleas internas. Y en otras no dejaban votar a personas individuales si no eran representantes de un colectivo.

La mayor parte del trabajo en el recibimiento de Getafe cayó en manos de gentes de la PAH y la asamblea del 15M. En el desayuno, alguien de las marchas no sabía qué hacer porque decía que antes había que preguntarle al líder, mientras que el getafense que lo estaba preparando le decía “pero tenéis hambre o no tenéis hambre, ¿también le tenéis que preguntarle eso al líder?”.

A la mañana siguiente, salimos de Getafe y muchos no sabíamos detrás de qué bandera ponernos. Nos encontramos con un chaval que había hecho la marcha a Bruselas con nosotros. Esa fue una marcha sin banderas, pero ahora él hacía esta con una bandera de la CNT.

Uno de nosotros cogió un palo y le puso en el pico una especie de rectángulo, pero sin nada: una especie de bandera de aire. Siempre que nos perdíamos, buscábamos como referencia esa no-bandera.

El camino a Madrid estuvo repleto de emociones, como cuando pasamos al lado del Hospital Doce de octubre y salieron a saludarnos las gentes de la marea blanca, o al ver a tantos vecinos que salían a aplaudirnos desde las ventanas, incluida esa mujer mayor ondeando su pequeña banderita andaluza. Vi a hombres de 50 años secarse las lágrimas.

En el descanso que hicimos para comer en Atocha nos encontramos con un hombre que hacía solarigrafías con una especie de cámara artesanal hecha con botes de refrescos. En principio están diseñadas para registrar el paso del tiempo en la naturaleza, por ejemplo el sol o las estrellas, pero él las utiliza para registrar el paso de las masas en las manifestaciones. Como la gente pasa tan rápido no aparecen tantos detalles, a veces solo un hombro en movimiento, cosas así.

Y pensamos: ¿Qué aparato habría que inventar para registrar todo lo que está pasando, a veces tan lento, a veces tan rápido?

Hablé con R. de eso y de la diferencias entre los que venían marchando y los que los recibíamos en Madrid. R. decía que de Andalucía venían muchos campesinos. “En vez de pan, tierra y trabajo, igual aquí muchos dirían wifi gratis, copyleft y crowfounding”, comenté.

De Atocha a Colón había tanta gente que se hacía muy difícil avanzar. Me recordaba a la última huelga general, igual no tanto que el 11M o el No a la Guerra, pero sí algo muy enorme. Tanta gente que era muy fácil perderse.

A las nueve menos algo siempre cargan para el telediario, veníamos hablando. Pero esta vez fue bastante antes: a las 8 y pico ya había pánico absoluto en Colón. La Solfónica seguía tocando. Y muchas carreras por el Paseo del Prado y calles adyacentes. La plaza se fue quedando vacía, pero cada vez más coches del Samur corrían de arriba a abajo. Por whatsup y twitter nos decían que esta vez no todos habían corrido como conejos mientras recibían porrazos, pelotas de goma y detenciones arbitrarias.

Luego veríamos los vídeos de esos chavales que se revolvían y agredían a los policías. Que mostraban un casco de UIP como trofeo.

Los únicos vídeos que salieron en todas las televisiones.

Los únicos vídeos que ven nuestras madres.

 

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