Construcción y deconstrucción de los hogares. Historia de una resistencia desde el CIE de Aluche

Mi cuerpo temblaba constantemente, no sólo por el frío de febrero. Varios hablábamos de la incertidumbre que ocupa las vidas de aquellas personas a las que veníamos a visitar, una incertidumbre que llenándolas, las vacía. Sus biografías, cosificadas y desprovistas de su contenido más humano, pasaban aquí hasta dos meses según los calendarios, o hasta el momento en que aquellos dichosos documentos burocráticos dictaminaban, como por sí solos y de un día para otro, que tal número o tal otro serían expulsados del país.

Eran algo más tarde de las seis cuando el policía dio paso a las visitas. Nos levantamos de la sala de espera, cuya precariedad – una carpa abierta a la intemperie y unas cuantas sillas – nos recuerda que aquel sitio no está ideado para recibir a nadie. – Diga el número del interno al que viene a visitar; si no tiene documentación no puede entrar; sólo una visita por día, señora; apague el teléfono y guárdelo o se le expulsa; si tiene cosas que dejar, déjelas antes de que llegue él; esto y lo otro no está permitido; tienen 20 minutos–. Cualquier tipo de interpelación a los agentes, automáticamente obtenía un “es la norma” como respuesta.

En aquella ocasión el pernicioso efecto de distanciamiento de la mampara de cristal que separa al interno del visitante se vio un poco amortiguado. Ambos reíamos estruendosamente, expresando una comodidad que para muchos de los policías que hacían su turno de vigilancia resultaba molestamente interpeladora. Tampoco el teléfono a través del cual Mohammed y yo hablábamos se antojaba como algo necesario, pues puede que el nivel de decibelios hubiera permitido que nuestra charla tuviera su eco en el patio de atrás, donde algunos ocupaban el tiempo en aquello que muchos llaman recreo, como si su principal uso pudiera llegar a ser descansar, o divertirse, o qué se yo, hacer algo mínimamente productivo para sus vidas mientras desconocen acaso donde estarán mañana. Mientras pierde el tiempo su noción habitual.

Instada por aquel clima burócrata de vigilancia, de control, de norma normalizada, instantes después pensé en bajar el tono –“estamos gritando un poco” – le dije –“estás en mi casa, tía”- respondió él con una tranquilidad abrumadora. Lo cierto es que por muy sorprendente que pueda antojarse, así lo sentí por ese día.

Mientras, aquellos hombres uniformados y de cierto carácter aséptico optaban por hacer de su refugio y hogar la estandarización de toda una serie de normas que dictaminan cómo ha de ser el internamiento. Ninguna de las cuales recogía, no obstante, cómo actuar ante la posibilidad de que los internos hicieran de éste un lugar mínimamente habitable. Y es que a pesar de todo, a lo largo de la historia de la humanidad, no se ha encontrado herramienta que consiga arrebatar aquellos flancos más profundos que uno mismo puede crear cuando le ha sido despojado su destino, su intimidad, y sus disposiciones personales más arraigadas. Y esto, indudablemente les hacía incomodar a los agentes.

Pasados unos días recibí una llamada desde su nueva casa, tan extraña para él al mismo tiempo. Mohammed, había vuelto a su ciudad natal, Tánger, de la que hacía casi ocho años había escapado agarrado a los bajos de un camión, agarrado a la posibilidad de una nueva vida, a la esperanza en la existencia de un lugar mejor. Me habló de cómo había sido el trayecto de vuelta, la deportación: como si de una mercancía defectuosa y que no cumple su función productiva se tratara. Su angustia era palpable a través del auricular, que ahora sí, se antojaba necesario. Era como si esta vez no supiese cómo empezar a llenar el espacio con risas para convertirlo en algo propio, en un hogar. Pero no dudó de nuevo en compartir aquel escenario, por muy desolador que se presentase – ya sabes que puedes venir a visitarme, mi casa es tu casa – me dijo. La llamada se cortó, terminé el café, ya frío, y el suelo entre las cuatro paredes que me rodeaban se me tambaleó. No me sentía dueña del hogar que durante mis años de vida había ido creando. Yo, desprovista de refugio, salí a pasear por varias horas. Días después sigo preguntándome qué sentido tienen los muros infranqueables que delimitan éstos, nuestros hogares del siglo XXI. Ellos tampoco nos representan.

Beatriz Ortega Díaz – Aguado

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