La crónica y otros animales

¿Qué es esto de la crónica?

Es un género escurridizo, un poco inclasificable. Algunos lo llaman crónica, otros periodismo literario o periodismo narrativo.

Dice García Márquez que una crónica es un cuento que es verdad. Algo así como un relato en el que se utilizan todas las técnicas literarias o narrativas posibles, pero en el que uno no se puede inventar nada. A diferencia de una noticia redactada al uso, una crónica no se contenta con la enumeración de hechos sino que busca la narración de historias.

Juan Villloro dice además que es un animal extraño, algo así como un ornitorrinco de la prosa, es decir un género híbrido, muy flexible, en el que cabe casi todo: diálogos, reflexión, descripción, narración de escenas…

Los norteamericanos dicen que el invento es suyo y lo llaman nuevo periodismo. Truman Capote, Tom Wolf, Gay Talese, Norman Mailer, Hunter S. Thompson y revistas como New Yorker serían algunos de sus impulsores. En latinoamérica dicen que el argentino Rodolfo Walsh ya lo hacía antes que ellos, y buscan predecesores mucho más atrás, en los antigüos cronistas de Indias, por ejemplo. En todo caso, hoy en Perú, Colombia, México, Argentina, etc. está más vivo que nunca.

¿Porqué nos parece interesante?

1º)  Porque no creemos en la falsa objetividad que nos venden algunos medios.

Como decía Hunter S. Thompson:

“Algunos dirán que palabras como escoria y podrido no son propias de un Periodismo Objetivo –lo que es cierto, pero no creo que sea el modo de plantear la cuestión. Fueron los lugares comunes que constituyen las reglas dogmáticas de la Objetividad los que permitieron a Nixon reptar hasta la Casa Blanca. Resultaba tan convincente sobre el papel que casi podías votar por él con los ojos cerrados. Parecía tan-americano que fue capaz de deslizarse a través de las grietas del Periodismo Objetivo. Tuvimos que emplear la Subjetividad para ver a Nixon tal y como era, y el shock de reconocerlo realmente resultó con demasiada frecuencia doloroso”.

En la crónica, la subjetividad es importante, explícitar la voz y la mirada, ser honesto tanto con nosotros mismos como con quien nos pueda leer, meter incluso las reflexiones, las dudas, no engañar a nadie.

Por ejemplo, a mí me parecería interesante leer la versión policial de una manifestación o un desahucio. Pero lo que no puede ser es que se dé bajo la apariencia de una noticia supuestamente objetiva en El País bajo la firma de un tal Barroso.

Eso es un burdo truco. En la crónica, en cambio, se enseñan mucho más las cartas

2º) Porque nos parece importante poner el cuerpo, que no te lo tenga que contar nadie, sino vivirlo tú para poder contarlo, ponerse incluso físicamente en el lugar del otro. Como dice Gabriela Wiener “a diferencia de las putas, yo sí creo que los periodistas debemos dar besos.”

Y si esto no fuera posible, al menos acercarnos al máximo, intentar ponernos en su lugar, que surgiera cierta empatía. El cronista Juan José Hoyos dice que habría que pasar al menos una noche y un día con aquel del que vamos a contar algo.

3º) Porque la regla número uno de una buena crónica es no ser aburrido. Y estamos cansados de noticias, discursos, comunicados, reportajes aburridos, que ya nadie lee.

Ya lo decía Clint Eastwood en El sargento de hierro

“Puedes pegarme. Puedes tirarme al suelo, incluso escupirme y mearme. Pero, por favor, no me aburras”.

4º) Porque nos duele el cuello de mirar tanto arriba y esperar a que nos lluevan las declaraciones vacías de políticos y demás gente sin nada qué decir, cuando tantas cosas están diciendo nuestro lado. En las crónicas se le da más cancha a la gente cualquiera, que en realidad es la que está siendo protagonista de todos los cambios.

Frente al discurso oficial,  aparecen relatos polifónicos, recoger  voces, incluso ser tú la voz.

5º) Porque la realidad es compleja y está en permanente cambio y movimiento.

Y para reflejar esa realidad, para cazar esa realidad  tan escurridiza no basta con una sola arma conocida, un perro domesticado o incluso diseñado para cazar tal o cual pieza, debemos usar ornitorrincos o incluso animales más extraños. Animales abiertos a la serendipia, término también extraño para describir la cualidad de estar dispuesto a encontrar lo que no se estaba buscando, a valorar correctamente lo imprevisto. Sin miedo a experimentar distintas formas de contar los distintos acontecimientos que vayan sucediendo.

6º) Porque las emociones también cuentan, y por tanto hay que contarlas.

Si en el futuro un historiador viniese a estudiar, por ejemplo, la acampada de Sol no entendería mucho si se fijara solo en las actas. Se transmitiría mucho mejor con el escalofrío que todos sentimos al hacer el grito mudo en la jornada de reflexión.

7º) Porque los datos fríos no sirven de nada si no se cuentan las historias que hay detrás, de personas concretas.

No es lo mismo decir una bomba mató a x personas en Hiroshima que hacer lo que hizo John Hersey en su reportaje “Hiroshima”.

Así empieza:

“Exactamente a las ocho y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señora Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mismo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un vecino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado –en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que tenía la misión de su orden–, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hospital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wassermann, y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, suburbio occidental de la ciudad, y se preparaba para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29, que, según suponían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil personas, y estas seis estuvieron entre los sobrevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad –un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro– que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada.”

Nos ponemos mucho más en su lugar, ¿no?

A veces una anécdota o incluso una mirada lateral a un asunto puede ser más reveladora de un asunto que un montón de datos y  gráficos.

Desde la revista argentina Anfibia contaron la historia de una científica española que, cansada de los recortes presupuestarios y sin alternativas de financiación, participó en el programa Atrapa un millón. No ganó tanto como para financiar el programa de investigación de genética que quería financiar, pero al menos logró los euros para pagar el sueldo de un técnico de laboratorio durante un año. La historia se llamaba “La genetista financiada por el azar” y con ella conseguían transmitir una idea bastante clara de la crisis, de la ciencia en España, de la inseguridad y el azar…

Y una última potencia

Lo más potente que vemos en la crónica es que es un género ya de por sí muy abierto, pero que nosotros podemos reapropiarnos y abrir aún más, adaptarlo a lo que estamos viviendo. Como se hizo, por ejemplo, con el dispositivo “acampada” desde Tahrir hasta Sol, y de Sol a otras plazas.

Apuntes rápidos sobre una crónica del taller-seminario-laboratorio

¿Cómo se podría hacer una crónica del curso. Aún no se puede saber porque recién acaba de empezar, pero ahí van algunas ideas:

– No sería una mera nota de prensa escrita por alguien que apareciera solo un día, contara cuántos somos, apuntara algunos nombres, metiera alguna declaración y se fuera.

– Podría escribirse por alguien que asistiera con mayor continuidad, que lo conociera mejor, que lo viviera y le afectara. Que apareciera la idea de inmersión.

–  Habría que ir tomando unas cuantas decisiones: ¿qué enfoque?, ¿tendría algún protagonista o sería un relato más coral?, ¿desde dónde lo contamos? Por ejemplo, yo vería, sentiría y contaría unas cosas distintas que otro: saldría una crónica distinta.

– En el momento en el que decidiera hacer la crónica, cambiaría mi forma de mirar, esta sería más intensa. Buscaría también detalles reveladores. Dice Caparrós que hay que mirar como un cazador. Yo casi diría que como un cazador-recolector. Si vamos a cazar un jabalí, pero nos cerramos solo en eso, quizá ni viéramos siquiera un montón de plantas comestibles, incluso otros animales interesantes.

– Se podría ampliar el foco. No contar solo las dos horas en las que estamos aquí, sino lo que pasa después, por ejemplo en las cañas, o antes, cuándo surgió la idea del curso.

–  Metería diálogos, o alguna entrevista, pequeñas citas de conversaciones formales o informales..

–  Quizá introduciría alguna descripción: pòr ejemplo, esta sala casi blanca, o la de alguna persona, su forma de vestir, sus gestos..

–  Intentaría contar alguna acción, una escena en movimiento, algo que sucediera físicamente.

– Pensaría ¿cuál es el tema? Quizá este surgiria al final. Quizá la historia de este curso pudiera reflejar, por ejemplo, algo más grande que está sucediendo en Madrid. ¿Sería posible que hubiera sucedido esto, por ejemplo, hace 4 años o es un signo de estos tiempos?

– Se agradecería algún giro narrativo, alguna historia de cambio. Pienso, por ejemplo, en El Padrino, que empieza con un chico que no quiere saber nada de los negocios de la familia y termina siendo el nuevo padrino.

– Podría contar también mis miedos, mis dudas, mis contradicciones. Por ejemplo, la extrañeza de ser escuchado y mirado cuando hablo, cuando a lo que estoy acostumbrado es a escuchar y mirar.

– Tendría que elegir la estructura del relato, ver qué “montaje” hago con todos los elementos que tenga, intentando huir de la monotonía de mantener el mismo plano (o si la historia lo pidiese, manteniéndolo).

– Pensaría ¿cómo arranco para enganchar al que lee?, ¿cómo termino?, ¿y qué título?

Puedo imaginarme que cada uno haríamos una crónica distinta. Y de ahí su valor, ya que todas juntas formarían un relato mucho más fiel y vivo del que ninguna nota de prensa pudiera nunca llegar a soñar.

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